Blog de versoydiverso

No todas las novelas son de amor

A papá lo metieron en la cárcel a mediados de los años noventa cuando yo estudiaba el bachillerato. Él mismo fue quien me lo dijo días antes de que saliera la sentencia. Al principio toda la indignación que radiaba desde el partido laboralista frente al juicio y las propias acusaciones nos hicieron pensar que todo aquello no era más sólido que una nube que ensombreciera una gran labor al frente del Ministerio de Interior. Pero unos días antes, después que la nube se viera más real y tormentosa en forma de flashes de fotógrafos en la puerta de casa, él mismo me lo dijo. Juanito, esto no pinta bien. Seguramente te va a tocar ser a ti el hombre de la casa y como tal es preciso que no pierdas el equilibrio de tu propia vida y ayudes mucho a tu madre. Yo ya sabía que mi padre, como solía ocurrir en el resto de su corriente dentro del partido, practicaba una monogamia de postín y que se podían sumar de dos a tres amantes estando seguro que lo era una íntima amiga suya también casada. La violencia y la impotencia con que se desarrolló la vida desde entonces y sobre todo en los primeros años hacen que no recuerde bien qué edad tenía exactamente cuando me dijo aquello. Pero si recuerdo que a mis lágrimas se unió una mirada de rabia y odio por referirse así a mi madre. De todas maneras tengo que confesar que sobrellevé mejor celos y desatenciones que los hijos de Eduardo quienes no pudieron nunca ni acabar una carrera, ni entregarse a una relación más moderna que casarse y estar con la propia chica con quien habían perdido la virginidad. Uno acaba sabiendo estas cosas aunque ya no tenga contacto con ellos. Luis y Martín fueron amigos míos de la infancia, casi como primos mayores. Nos recuerdo bañándonos en la piscina del palacio presidencial mientras corríamos detrás de unos pavos reales que no me resultaban más exóticos ni más insólitos que los gatos del pueblo de mi abuela. Y como aquel juego hacía llamar la atención de los servicios de seguridad quienes informaban a nuestros padres de aquella diversión prohibida y como uno tras otro salían y nos adoctrinaban sobre cómo, por qué y para qué no se podía ni jugar ni alterar a los animales. Hasta que en una ocasión ante nuestro empeño en hacer mover sus fabulosas colas a esos animales incluso nos llegaron a castigar con leer y luego explicarles una curiosísima colección de textos adaptados para niños de San Francisco de Asís sobre los animales. Tampoco creo que aquello sirviera para aumentar mi sensibilidad ante aquellos seres, aunque sí recuerdo que el esfuerzo intelectual nos hizo desistir de aquellos esparcimientos. Ahora me pregunto si aquellas prácticas de minuciosa tortura infantil eran incluidas como ideas para la reforma de la ley orgánica de educación.

La forma en que cambió mi vida y mis responsabilidades a partir de entonces no tuvo nada que ver ni con la madurez ni con ningún halo dickensiano que enfrentara mi adolescencia a los terribles sucesos de circunstancias tan nuevas. Aunque algo sí cambio. En otro tiempo hubiese empezado a vestir pantalones largos. Y es que las categorías que te hacen ser tratado como un adulto permanecen siempre fuera de cualquier estado personal. Yo particularmente empecé a ser mayor entre muestras de conmiseración y solidaridad que no acallaban del todo aquel grito profundo como surgido de lo lejano de una profunda y lejana noche y que repetía sin cesar algo que yo ya sabía aunque nunca podré asumir: tu padre es un asesino. Desde aquella mirada de odio y congestionado llanto con la que me dirigí a mi padre cuando me anunciaba su desaparición más prolongada me sentí, más que desamparado, solo. Y aquella soledad, particular, sólo mía, que habría de instalarse en mi simbióticamente era a su vez atendida como si de antibióticos se tratase por una cerrazón victimista y militante que golpeaba a mi familia, es decir, a mi madre y a mi, con numerosas cartas, visitas intempestivas, apariciones públicas que hicieron más que nunca el imposible espacio familiar fuera de lo político de cualquier dirigente del histórico y abnegado Partido Laborista. Encerrados en una burbuja de combate veíamos pasar uno tras otro a representantes de tercera y cuarta fila por mi casa de los que a veces no sabíamos ni el nombre pero que traían en sus bocas aquella sombra enorme que era Eduardo. En todos estos años de acato sin asunción mi madre apenas ha estado un par de veces con el magnánimo estadista, pero desde luego su nombre y noticia han formado una especie de obsesión ambiental en todas y cada una de las compañías que ha tenido. En todas, claro, menos en la de su prima Lourdes. Mi madre siempre ha llorado. Cuando salíamos de las visitas de la cárcel, cuando la recogían entre aplausos multitudinarios, cuando se quedaba mirando una foto o leyendo una carta, cuando, claro, se sinceraba con su prima Lourdes. Pero a los tras unos meses de condena su llanto se volvió distinto y casi distinguible como el maullido de los gatos. De refilón por el pasillo recuerdo haber escuchado aquella queja distinta entre murmullos entre Lourdes y ella que casi podía entender como cuando un gato te pide que le abras la puerta o que le pongas la comida. Uno acaba sabiendo estas cosas aunque nadie se las diga. A los tres años mi madre estaba considerando dejar a mi padre, pues sabía que entre las muchas visitas algunas eran de mujeres a las que mi padre ya había practicado el único y verdadero compromiso político. Al final eso arreció, y aquellas visitas supongo que también. No sé cómo me sentiría si ahora tuviera un medio hermano de cinco años, pero, uno se acaba enterando de estas cosas, es algo que pudiera haber ocurrido.

En mi último año en el Liceo Francés empecé a fumar porros y a escuchar música punk. De mi media de nueve bajé a siete y medio pero el coro de simpatizantes de hijos de padres laboralistas que me asediaban sin sacar el tema huyó de mi como de la peste. Uno siempre gana unas cosas y pierde otras y entre perder y ganar esta el cambio y quizás esa ilusión que venden de felicidad. De Juanito pasé a ser Linares, mi segundo apellido, el de mi madre. Y de no tener novia empecé follar con Juana y con Carlos, a veces, a la vez, a veces uno a uno. Diferenciaba sus cuerpos alejados como galaxias porque Juana era rápida, brillante, superficial, un poco sutil, más ingenua que astuta, más diáfana que timorata y Carlos era orgulloso, inocente, introspectivo, bastante inteligente, muy poco táctico, perspicaz y nada franco. Nos habíamos reconocido en un concierto al que decidí acudir solo con esa soledad clavada desde que empezó la condena. Y ellos estaban allí besándose y reconociendo de refilón mis miradas que pasaba intermitentes como afiladísimos filos navajas. El aire era irrespirable, una nube de humo de plata con esa belleza de las cosas inútiles que inundaba la sala de conciertos. No se podía respirar y la música era estridente. Tal vez por eso ellos se besaban. Juana mantuvo un momento su mirada clavada en mi y yo estuve a punto de saludarla entre toda la gente. Pero en vez de eso, me quedé intentando descifrar la letra de la música apoyado junto a la pared, alejado del tumulto que bailaba y se empujaba cerca del escenario. Recuerdo que solíamos ir a conciertos de música clásica que eran parte de una moda codificada en una especie de mérito en donde entraban coches, viajes, estudios, casas en barrios de nueva construcción, museos, cuadros que se han visto, países que se han visitado. Juana acariciaba la cara de Carlos mientras el la besaba en el cuello y ahora sí nuestra mirada quedó detenida. Con esa risa que explotaba siempre y en un volumen muy bajo, Juana le dijo algo en el oído y no quise mirarlos mientras se acercaban a mi entre el tumulto seguramente cogidos de la mano. El ruido parecía cada vez más intenso mientras yo manejaba una copa que se iba quedando cada vez más sin vodka y sin naranja. La nariz afilada de Juana y la mirada profunda asumida en unos ojos castaños y una piel muy morena y una melena cortita como su estatura me preguntaron si era García Linares. El apellido de mi padre era García de la Rosa, y Juana sabía mi nombre porque el jefe de estudios siempre procuraba saberse y dirigirse a la gente con los apellidos. Supongo que “el de la Rosa” se lo había llevado también de los labios de Juana un túmulo de periódicos apilados defendiendo y atacando a mi padre y a su causa. Carlos dijo “¿Linares?”, y yo dije sí, no sé porqué, aunque me quedé con el San Benito. ¿Te vienes a fuera a fumar?. Estuve a punto de explicar que yo no fumaba aunque me apetecía su compañía. Carlos no era del Liceo, lo había visto alguna vez porque solía venirse durante el recreo a ver a Juana y me explicó que eso le había hecho tener problemas con un policía que se pensó que podía ser un camello. Tenía diecisiete años y trabajaba en un supermercado, una melena abundante que no llegaba a los hombros, también tenía belleza y ganas de ser escritor. Aunque leía poco esa suponía su única actividad intelectual. Andaba maravillado de Ray Loriga que por aquel entonces había empezado a publicar sus primeras novelas, novelas que no eran todas de amor. Yo fumé con ellos algo que no era todo tabaco y Juana, siempre práctica, nos invitó a una casa que se había quedado sola. No puedo entender el porqué me vi envuelto en aquella parodia española de Soñadores de Bertolucci pero el caso es que cuando Carlos se fue, Juana y yo nos quedamos solos e hicimos el amor, con tan poco sentimiento y tan pocas mentiras que resulta poco riguroso llamarlo así. Carlos se había tenido que ir pronto porque madrugaba aunque yo esperaba que apareciera en cualquier momento porque no me podía quitar de la cabeza a ellos dos besándose en el concierto, y la idea que tenía, por verlos juntos antes, de que eran novios.

Antes de salir del concierto compré una camiseta que Juana se guardó en el bolso. A las seis de la mañana yo salí mientras ella dormía camino de mi casa con la intención de no sorprender a mi madre despierta pero no fue así. Estaba preocupada y esperándome, con el ruido de la puerta se acercó hacía la entrada de la casa. Al verla allí me preocupe pero sin embargo sonrió. ¿Has estado con alguien?. ¿Me puedo tomar un café, a las nueve tengo clase de tenis?. No te va a servir de nada. Ya creía escuchar los gritos inmisericordes del monitor. Entonces me hecho un par de horas. La interna libraba los sábados y los domingos. Pero cuando mi padre se marchó su presencia se le hizo incómoda a mi madre o tal vez pensó que era mejor que no estuviera en la casa. No sé, el caso es que se marchó y en cambio venía otra todos los días un par de horas por la mañana, ella fue quién se encargó de llamarme por la mañana. Me dolía la cabeza y quería seguir durmiendo pero desayuné y me marche a la pista de tenis mientras pensaba en Juana y en todo lo que había pasado. Cuando cumplí quince años mi padre me dejó conducir por la finca del pueblo. Cuando empecé a hacerlo recuerdo que luego en la ciudad me gustaba juzgar a los otros conductores como si yo supiese hacerlo mejor. Traté de evitar tener esos pensamientos cuando pensaba en el resto de parejas que se formaban en mi entorno y que pareciera solo se juntaban para compartir cumpleaños. No podía pensar que Juana fuese mi pareja pero su cuerpo desnudo aparecía a ráfagas en mi mente en aquel día soleado. Al fin y al cabo estaba con Carlos y yo necesitaba la soledad para distanciarme de todo, de una realidad que me hería. Cuando mi padre entró en la cárcel hacía ya tres años mi madre me dijo sollozante que a mi no me iba a faltar de nada. Pero ese “de nada” resultaba tortuoso. Habíamos vivido bajo la moral laborista que nos contemplaba en méritos distintos a los que en realidad vivíamos. Una vez le pregunté a mi madre porque no decidieron llevarme a un colegio público y ella me contó que a mi padre aquello le había traído muchos problemas en el partido pero que en el fondo agradeció aquellas críticas porque servían para identificar a los más fanáticos. Es mentira que la honestidad tenga que ver con el cumplimiento de un código de valores, la honestidad hoy por hoy es igual a como sales adelante contra tantos. Mi padre quiso limpiar la mentira y eso le ensució las manos. Pero nada hubiese pasado si en frente no hubieran tenido a nadie. No es que no dejaran cambiar el país, es que había que cambiarlo con herramientas que no se conocían y resultó imposible usarlas con la impunidad de sus antiguos dueños.

El día era soleado y yo había pasado por mi primera vez la noche con una chica. Cuando llegué el monitor que con justicia se había ganado el mote de “el sargento” nos mandó hacer dos equipos. Solía pasar que lo más me gustaba ver los fines de semana, más que el fútbol, fuesen las piernas de Laura jugando al tenis pero aquel día no tanto. Y los temidos gritos del sargento se coordinaban con mi torpe juego. Lo dejé antes de tiempo diciéndole que estaba muy cansado. Me debió mirar fatal pero sólo vi sus zapatillas algo ya raídas y volví a casa pensando en si llamar o no Juana. Al final no lo hice pero el lunes en un intercambio de clase se acercó a darme la camiseta. Yo quería habérsela regalado pero me la quedé. Aquel mismo día comimos juntos y le pregunté por Carlos, ella miró hacia abajo intentando emular un gesto de tristeza. Me contó que lo conoció hacía unos años y que desde el principio le había dicho que quería estar con ella, pero que ella no quería estar con nadie, o por lo menos que estar con alguien no significara perder independencia o lo que es lo mismo, hacer pasar algo especial por la cosa más vulgar mundo. Carlos le gustaba porque era una persona que sinceramente carecía completamente de sentimiento de propiedad con respecto a ella. Respondí que si era así a mi también. Medio en serio medio en broma ella golpeó: podemos estar los tres juntos. Yo no dije nada porque no quería perderla, pero tampoco me gustó. Aunque tengo que reconocer que lo que sí me había gustado un poco ya era el propio Carlos. La elección sobre los gustos es lo que nos identifica, pero por encima de la elección existe algo que me interesa mucho más y es la ambición. Por un lado me digo eso aunque también en aquel momento tenía unas ganas locas de alguna de esas falsas aventuras que van circundando nuestras vidas y que nunca nos hacen alterar nuestros destinos, que para la mayoría, como para Carlos, se realizan sólo en sueños. Cuando cumplí dieciocho años me afilié al partido laborista no por sueños sino por destino. Estaba en primero de derecho y quise tal vez no prolongar más mi participación, aunque sabía que esta iba a ser muy moderada, no sólo por mis obligaciones académicas, sino también y es más, por mi propio apellido. De todas maneras ya había aprendido que desde la sombra se realizan los actos más amables y también los más despiadados.

   Mi tiempo libre la semana en que Juana me devolvió la camiseta pasó entre el cuidado de dirigirme y no dirigirme a ella. Su carácter, no obstante, producía que mi cavilación pasara por alto consiguiendo entre los dos una relación fluida. Sin saber bien si me dejé manipular o no, al mes siguiente nos acostábamos los tres juntos, y al otro ya era capaz de quedarme solo con Carlos. Era mi último año y me dejé invadir por todas esas cosas nuevas hasta estar a punto de suspender el bac. Pero al final no fue para tanto, solo descendió un poco mi nota media. Eso sí, dejé de estudiar alemán y mi intención de cursar también filosofía quedó apocada completamente. Supongo que años de monota eficacia crean un bagaje mediante el cual uno no puede caer en alarmantes desdichas. Ahora sopeso un poco aquella algarabía y decoro con fichas de colores palabras y verbos, fórmulas y declinaciones alemanas que ensucian todo mi estudio. Sin embargo, no me arrepiento. Juana es ahora algo lejano y fortuito y Carlos está muerto. Sin embargo no conseguiría definir mi identidad sin su recuerdo. Hay una fotografía colgada en los más hondo de mi corazón y perdida también entre las páginas de algún libro. Nos veo a los tres en nuestro único viaje. La primera vez que salimos los tres juntos como huyendo de nuestros apellidos: Carlos, Juana y yo. Nos refugiamos primero en la finca de mi abuela paterna en Zaragoza, y tras salir de ese cuento lúgubre que ha sido siempre aquella casa con su armadura pequeña, ridícula, recibiendo tras abrir el gran portón de la entrada como en medio de aquella cuidada extensión de robles y alcornoques. Fuimos a París en un agosto aguado y melancólico con tan poca luz y tan viva que me parece haber vivido más que un sueño, un cuadro de Van Goth. Todavía nuestros rasgos adultos no se habían definido, ni tampoco había pasado por nosotros el deterioro de la vejez. Cuando pienso en esa imagen entiendo muy bien aquel verso de Neruda. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. La foto nos la hizo el guarda de la finca y hasta él explotó en nuestra historia. Estábamos solos frente a todo lo que pasaba, y fue sin duda el viaje más especial, la odisea más nuestra aquella que celebramos Juana y yo antes de entrar en la universidad. Entre medias se perdió Carlos naúfrago del canto de sirena de las drogas, por culpa también de la cárcel y su debilidad. Pero en aquel momento éramos los tres y uno, cual estúpida alegoría católica, corriendo como locos por los parques más hermosos del mundo. Fumando detenidos e inventando un mundo sin códigos ni sentidos, sin valores que hacían sorpotable y única nuestra vida. Esa irracionalidad no era muy distinta a la moral del partido laborista que tanto arruinó a mi padre. Caminábamos al cabo por un camino que creíamos nuevo y los viejos errores eran irreconocibles como tales. Ahora viejos y errores y nosotros, viejos errores e identidad, se soslayan y encubren unos a otros sin saber bien qué límites existen y cómo se relacionan la libertad y la responsabilidad. Se había creado ante nosotros un mundo donde la felicidad era la única utopía lograda y no al contrario. Algún escritor mezquino y bien pagado había hablado de la revolución del diseño como el único cambio conseguido por Eduardo en aquellos años. Nuestros padres cogieron este país porque eran los únicos preparados. Armados en las viejas categorías de dios, padre y patria colorearon su vieja patria ensombrecida e inventaron colores nuevos desnudos y desarmados de todas las categorías. Entre huelgas generales y marchas olímpicas el pueblo caminó tan bien contra nosotros, y en eso se hizo diferente y confuso. Mi padre no odiaba a aquellos que con viejas súplicas jacobinas pretendían darle pan a los pobres pero si a aquellos que pretendían darles todo el poder cómo si de su miseria hubiera salido alguna vez algo bueno. No me importa confesarlo, tanto en su campechanería como en la de mi abuela, su madre, sólo existía clasismo. Pero eran diferentes, muy diferentes. 


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